"Existen derrotas, pero nadie está a salvo de ellas. Por eso es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando."
Paulo Coelho

2 de enero de 2012

Depredador

        No era la primera vez que observaba al forastero cazador. Su táctica era eficaz y sus utensilios, mañosamente labrados, perfeccionaban su técnica, convirtiéndose en simples apéndices de su silueta. Mantenía la mirada fija, constante, mientras el cuerpo adoptaba una postura felina, en un sigiloso y hábil movimiento. Los brazos colgaban relajados a ambos lados de su torso, mientras el arco se balanceaba tenuemente entre sus manos, esperando la ocasión más oportuna. Su respiración era entrecortada, casi inexistente, y su pecho sólo se movía lo justo para no llamar la atención entre el denso ramaje. De todos los dones que Maa había otorgado al hombre, la paciencia era el más importante para un cazador. La capacidad de percibir el más mínimo cambio en un ambiente marcado por la tensión, el sigilo y la quietud de la contemplación, y la ejecución de un plan infalible, en el momento indicado. La paciencia otorgaba una victoria segura. Pero ya no quedan cazadores así. Los años han pasado factura a las viejas costumbres.

          Como un lobo, el depredador se deslizó suavemente entre el follaje en un gesto imperceptible para ojos inexpertos. La luna bañó por completo su rostro salvaje y moreno, y sus ojos no expresaban ni ansiedad, ni temor, ni preocupación, ni nada. Sólo una profunda concentración. Sin sentimiento ni culpa. Había nacido para cazar, para ser un urwav. Y moriría cazando si la ocasión lo requería. Cuando las ramas dejaron suficiente espacio libre a su alrededor, alzó los brazos y cargó una afilada flecha en el arco, calculando cada movimiento para no alertar a la huidiza criatura. Tensó levemente el cordón y apuntó con un solo movimiento al costado de aquel ansiado ciervo, perseguido durante días por bandos de jóvenes cazadores y trayendo quebraderos de cabeza a los sabios de nuestra Samya, nuestra familia. Sutilmente, me dirigió una mirada de advertencia. Cargué yo también mi arma con un proyectil impregnado en cicuta, y me preparé para el ataque inminente, agachándome hasta ocupar poco más que la mitad de mi altura. Esperé una mínima señal para pasar a la acción, pero a veces, aguardar a la ocasión acertada no era lo más correcto. Cuando acordabas a despertar del sopor que provoca el instinto de supervivencia, el animal ya era consciente de tu presencia. Y aquel día, con el forastero o sin él, no iba a ser de otra manera.

          Muy lentamente, el animal alzó la cabeza, observando a su alrededor dentro del claro donde pastaba, dirigiendo miradas discretas a los matorrales y el bosque bajo cercano. Aún sin atemorizarse. Casi pude percibir los rápidos latidos que bombeaba aquel poderoso corazón. De pronto, un crujido quebró el ambiente, seguido por un silencio absoluto en todo el lugar. Y entonces, el ciervo alzó hacia el cielo despejado la cornamenta, y expulsó un fuerte resoplido que se hizo visible en el ambiente frío y húmedo. Esa, era la señal divina: nos había descubierto. En un momento, que se hizo eterno, el cazador forastero aflojó su arco y observó la escena, mientras el ciervo se replegaba sobre sus patas traseras para después saltar y desaparecer a través de la espesura del bosque. Disparó, primero una y luego otra vez.

            Instintivamente certero.

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