"Existen derrotas, pero nadie está a salvo de ellas. Por eso es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando."
Paulo Coelho

5 de octubre de 2011

Conferencia con los muertos



Todo el bosque zozobraba ante lo majestuoso del momento. Los árboles parecían vibrar a cada paso, a cada luz que se alzaba, imponente sobre nuestras cabezas. Los matorrales, arbustos y jazmines que rodeaban el camposanto crujían y silbaban con el viento del norte y la brisa que causaba el fenómeno. La naturaleza se inquietaba, retorcía. La naturaleza se maravillaba con cada nueva ascensión. Hacía volar luciérnagas y pequeñas aves, que se desdibujaban en contorno con toda la hojarasca que revoloteaba violenta entre las luces que iluminaban todo en una armonía de colores, blancos, azules y violetas. Cada rincón se llenaba de vida. Una gran paradoja.

Todas las almas en pena cruzaban el riachuelo y ascendían colina arriba, hacia los límites del cementerio. Hordas de personas, de las más variopintas épocas y estilos, andaban con paso firme hacia su liberación. Los “aparecidos” los llamaban. Fantasmas de otro tiempo que cumplían con largas condenas de culpa y asuntos que no pudieron resolver en vida. Todo lo que dejaron atrás les golpea en la muerte, impidiéndoles avanzar hacia adelante. Todos ellos, volvieron a materializarse para ajustar cuentas, saldar deudas y pedir perdón una vez más, y ahora caminan de nuevo a lo desconocido, confiados tal vez de tomar un navío a buen puerto de una maldita vez.

Adam colgaba de mi mano derecha, y la apretaba con fuerza, asustado. Luchaba contra su instinto, deseando volar libre, pero sin querer despegar los pies de aquella tierra que tiempo atrás no consiguió abandonar del todo. Sonreí, y me miró. Y en sus ojos vi todo por lo que había luchado en mi vida. En el estaban mis esperanzas. Por primera vez, yo había tenido la razón. Y me lo agradecerían siempre. Agradecimiento, eso ví también en esos iris grises. Un agradecimiento inmenso. Y sonrió él también.

Lentamente, me soltó la mano y dio un paso minúsculo. Suspiraba con agitación, respirando la fresca brisa que arrastraba aromas lejanos de azahar y rosas silvestres. Con disimulo dio otro paso; y otro más, y en menos de un segundo ya corría colina arriba. Al llegar a la linde del bosque se reunió con otros niños, igual que él, llenos de gozo y esperanza. Atravesaron instantes después los límites del cementerio todos a la vez. Excepto él.

Volvió lentamente el rostro y me miró una última vez. Una mirada intensísima que jamás olvidaré. Una mirada que me devolvió la vida una vez más. Se les había dado otra oportunidad para resolver sus asuntos. Y él lo había hecho. Un hermano pequeño. Esa mirada enternecida, sí. Así era su mirada.

Alzó una mano y entró dentro del círculo de la ascensión. Las columnas entre la hiedra susurraban palabras de aliento a las almas condenadas que se liberaban por fín. Adam entró y despacio, su cuerpecito se elevó y se contorsionó, creando un aura especial, un brillo que palpitaba dentro de él y se apoderaba de todo su contorno, que se desdibujaba rápido con el ambiente, luchando por librarse de su cárcel de carne. De sus manos pendían hilos invisibles con una luz intensísima. Pequeños chisporreteos de luz hacían que todo su alrededor vibrase con cada latido. Abrió mucho los ojos y se le iluminaron como dos velas de luz potente, dos fuegos fatuos, que desprendían una confianza absoluta, plena. Volaba, así, entre el resto de cuerpos flotantes, y tras un último hálito de fuerza, su cuerpo, varios metros ya por encima del suelo, se esfumó entre torbellinos de luz intensa y chispas de colores fríos.

Su alma volaba, libre, hacia un lugar desconocido. Olvidando todo lo que dejaba atrás, mirando sólo hacia adelante. Todo se hacía más nítido y lúcido, porque formaría parte de cada minúscula pieza que compone este gran universo. En un estado que pocos alcanzan, y que aquella noche pudieron sentir miles de personas. Es ese estado de paz. De absoluta y completa paz.


Un día y una noche duró el ascenso. Y después, el mundo recobró sentido, y todas las personas afectadas por la inverosímil aparición, retomaron sus vidas como si todo no hubiese sido más que un sueño.

Un día y una noche.

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