"Existen derrotas, pero nadie está a salvo de ellas. Por eso es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando."
Paulo Coelho

4 de mayo de 2011

Día de psicólogo. Parte I

     El sonido de la cucharilla sobre la taza de café resultaba más molesto a cada instante. Hacía poco que la camarera del pelo rizado había empezado a recoger las mesas de la terraza: diminutas gotas de agua caían por doquier, empañando la vista de la Castellana. Susana movía su café con hielo con expresión vacía, navegando en las oscuras ondas del líquido. Mi hermana, siempre tan insulsa. Si se miraba fijamente a través de ella, se podía ver cómo en la mesa contigua una pareja desayunaba tranquilamente, igual que nosotros. Ella con aire distraído y ausente, la mirada triste y perdida en algún punto del interior del bar. Él, contemplando con desdén a su alrededor. Me pregunté si tendría algún problema más que yo. Tal vez lo tuviera: tenía la fachada de ser la persona más egocéntrica del mundo. Su amaneramiento y sus ademanes de archiduque así lo mostraban. Como si hubiera leído mi pensamiento, alzó las cejas, se quitó las gafas, y las limpió con un paño fino, sin apartar sus ojos claros de mí. Frunció el ceño, y al hacerlo, su exuberante nariz se arrugó como una pasa, tirando hacia arriba de su labio superior y formando una extraña mueca, parecida a una sonrisa, que mostraba una dentadura perfecta. Al comprobar que no era correspondido, fingió mirar a su compañera e ignoró mi indiferencia. Menudo estúpido. Odio esa actitud pretenciosa.

     Entonces, Susana se levantó, mirándome largo rato, para terminar soltando un seco “Tienes la cita a las diez”, y un adiós que sonó como un portazo. Cuando la lluvia comenzó a apretar sobre la sombrilla de la pareja vecina, colocada sobre ellos inútilmente, me levanté, saqué el paraguas y empecé a correr hacia la calle Granada. “Yo no tengo ningún problema” me dije “el problema lo tiene el mundo”.

     Odio la lluvia, ¡diablos! ¡Cayendo agua a mares a mediados de julio! Como decía, el problema el tiene este maldito planeta. Parece como si las farolas, el asfalto y la contaminación de Madrid se hubieran puesto de acuerdo para conspirar contra mí. En realidad, mi problema es que me fijo demasiado en las cosas, y todo me lo tomo en serio. La mayoría de la gente que conozco dice que no tengo sentimientos, que no siento ni padezco. Pero eso es cosa suya, seguro. Porque lo que pasa es que sienten más de lo que aparentan. Todo el mundo pretende parecer más fuerte de lo que en realidad es, y eso es lo más perjudicial que puede soportar un ser humano. Aguantar hasta explotar. Odio a la gente así.

     En esto, me vi frente a la puerta del número 64, y aprovechando el paso que me dejó libre una anciana con su perro, entré en el recibidor sin la necesidad de llamar al telefonillo. El chucho se restregó contra mi pantalón al cruzarnos. ¡Dios! También odio a los perros.

     Subí al tercer piso y llamé a la puerta B. ¡Premio! Una señorita de aspecto falsamente amable me atendió en la entradilla y me pidió que esperase mi turno en la sala de espera del gabinete. Veinteañera inocente y detestable, regresó a su lugar en la mesa. Me permití el lujo de observarla y reírme para mis adentros mientras tropezaba con el cable de una lámpara de pié y luchaba sin éxito por mantener la compostura delante de los clientes que ocupaban, dispersos, la salita. Fingía fortaleza, como todos. Al momento oí mi nombre al final del pasillo y avancé desganado por el angosto corredor. Muy estrecho y muy largo. Demasiado. A punto estuve de darme la vuelta arrepentido.


Quizás también le interese...

Related Posts with Thumbnails

Más Detalles

Mi foto
Los Cortijos, Ciudad Real, Spain
Prometo seguir siendo joven...