"Existen derrotas, pero nadie está a salvo de ellas. Por eso es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando."
Paulo Coelho

26 de febrero de 2011

Pequeños dioses

 

     Puse sin hacer el menor ruido el tenedor en el plato mientras ella aún terminaba su plato de tallarines a la carbonara. Con delicadeza, como siempre, recogió su servilleta de la mesa y limpió una pequeña gota de nata que se escapaba, esquiva, de su boca. Observando fascinada la llama de la vela que tenía a su derecha, pinchó el último tallarín primero y después un pedazo de nuez retirado hacia el borde. Se llevó el cubierto a la boca y cerró los ojos para disfrutar del bocado.
     Me miró de repente y abrió mucho los ojos, sorprendiéndome observándola sentado en mi sillón. Le sonreí y alcé una ceja.
     - ¿Qué tal? – le dije.
     - Divinos – me respondió, tragando la pasta – ¿Me pasarás la receta?
     - Lo prometo – susurré en plena risotada.
     Llevaba tanto tiempo soñando con ese momento… Antes de poder darme cuenta, las fresas ya estaban en la mesa y la fuente de chocolate reposaba sobre un plato de barro caliente. Comimos, manchándonos de dulce hirviendo. Charlamos, reímos, borrachos de amor, como locos adolescentes que se sorprendían de pronto de querer parar el tiempo, de pensar que nada más existía de la puerta hacia fuera, de volar juntos entre besos y caricias. Nos levantamos, sumidos ya en ese trance que causa el deseo, y nos encaminamos hacia la habitación, casi desnudos, en una vorágine de ternura y desesperación. Nosotros y nada más.

     Su cabeza reposaba sobre mi pecho, y sus piernas se entrelazaban en las mías, ansiosas por sentir ese calor humano. Las manos, algo más atrevidas, trazaban círculos alrededor de mi boca, a lo que ésta respondía con besos y mordiscos. Nos sentíamos invencibles, capaces de cualquier cosa, y nada se comparaba a eso. Un momento como este. Inolvidable. ¿Cómo nunca antes comprendí que aquella felicidad era toda para mí? Para siempre.

     De pronto, un destello surcó el firmamento al otro lado de la ventana abierta. Ambos lo habíamos visto, y tras un pequeño sobresalto, ella se apoyó en el alféizar y yo le rodeé la cintura, anudándola a mí. Después del primero, decenas, cientos de pequeños destellos se vislumbraron rasgando en dos el cielo de Agosto, apagándose poco a poco y desapareciendo al final, con un leve chispeo. Nos miramos a los ojos, como nunca antes lo habíamos hecho.
     - Pide un deseo – murmuró.
     - Deseo… – dudé – Deseo poder capturar una estrella fugaz para ti.
     Sonrió de nuevo. Me sentía capaz de eso y más. Alargué la mano hacia la cúpula celeste y estiré el brazo cuanto pude, esperando un aviso. Uno de esos meteoritos incandescentes, enorme, y de los más hermosos que había visto hasta entonces, perfiló una gruesa línea ante nosotros, iluminando nuestros rostros, hasta desaparecer por el otro lado de la montaña. Cerré entonces el puño, y con algo de teatralidad, lo llevé otra vez al pecho.
     - Mira, lo he conseguido.
     Puso un rictus extraño y después relajó la faz. Las comisuras de su boca formaron una media luna perfecta, coronada por esos dientes tan blancos y perfectos. También para mí; también había capturado la luna.
     - ¿No me crees? – le susurré al oído – Pide tú un deseo.
     - ¿Yo? Deseo con todo mi corazón, que esta noche sea eterna.
     - Ahora sopla, aquí en mi puño.
     Extrañada, acercó mi puño a su boca y exhaló una pequeña lengüetada de aire a mis dedos.
     - ¿Y ahora? – inquirió.
     Lentamente, deslicé los dedos uno tras otro, para acabar extendiendo la mano por completo. Millones de haces de luz inundaron la habitación, como si la luna se reflejara a través de un diamante. Una luz blanca, pura. Y allí, en la palma de mi mano, rodeada de un halo de sencillez, tímida, brillante, asustada, inmaculada, huidiza, pulsante, sorprendida por la situación de encontrarse atrapada en las garras de un simple mortal, y no de un dios, se encontraba la estrella fugaz.
     - Aquí tienes tu estrella – le dije, antes de volver a besarla.

     Nosotros y nada más, capaces de todo, invencibles. Pequeños dioses.


2 susurro(s)...:

Marta dijo...

Mi receta para los espaguetis te ha inspirado ee XDDD
Veo claramente un serio conflicto entre el guardián de las estrellas y el cazador!
Es perfecto...

tamariru dijo...

Genial :)

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