- ¿No piensas contestar?
- ¿Contestar, a qué? - respondió ella, con un tono amargo. Casi se podían deslumbrar su desprecio en el auricular.
- A mis llamadas, mis mensajes. No sé tú... pero yo paso de esta situación - añadió, nervioso pero algo más calmado.
- Pues mira, si pasas de la situación, no puedo hacerle nada.
- Es que estoy harto, ¿sabes?
- ¿De qué estas harto? Todos tenemos un límite - Parecía que ella también se hubiese calmado.
- De no saber que hacer ya.
- Mira yo... creo que tal vez, lo mejor es que acabemos con esto. Te estoy haciendo daño y me estás haciendo daño. Acabaremos mal y no quiero eso. Al menos quiero que puedas confiar en mí, ser mi amigo, ¿comprendes? Y quiero que entiendas que no estoy pasando por un buen momento. No consigo centrarme y sé que a la larga se haría muy pesado. Acabarías odiándome. Yo te quiero mucho, y lo sabes, pero ahora mismo...
- Lo sé - zanjó él.
- Yo te quiero.
- También lo sé. Pero no tienes porqué darme explicaciones. Te entiendo. Siempre supe que esto acabaría como empezó... Todo tan rápido. Quizá tengas razón y sea lo mejor para tí.
- Siento mucho lo que te he hecho pasar, pero no puedo seguir así. Para tí también será bueno, aunque no lo veas así.
- Mientra tú estés bien, por suerte o por desgracia, me conformaré.
- Yo te quiero, y mucho. Y ahora mismo ya te echo de menos. Pero necesito estar sola.
- Te entiendo. Ya no hay vuelta atrás, ¿no? Sabes que estoy aquí para lo que necesites. Si alguna vez necesitas hablar con alguien, tener alguna buena conversación como esas que teníamos, ¿recuerdas?... Pues creo que sabes mi teléfono tan bien como yo el tuyo.
- Lo mismo te digo yo, porque siempre te voy a seguir queriendo y no solo como una amiga... - Ahora las lágrimas se dejaban entrever entre tanta palabrería. Los sollozos no se distinguían de las letras y viceversa. Algo en él hizo mella, algo que nunca olvidaría.
- Sí bueno, eso se dice siempre, ¿no? Mañana... bueno, mañana no nos veremos...
- ¿Qué ibas a decir? - inquirió.
- Te iba a pedir un abrazo, pero sé que ni siquiera podré mirate a la cara sin pensar en todo esto, en que te lo he hecho pasar mal.
- En ningún momento. Me has dado los mejores meses de mi vida...
- Pero no me digas eso ahora... - también él estaba decepcionado con la vida.
- ...y quiero un abrazo, que hueles muy bien.
- ¡Qué tonta! Tu también. Tus regalos te los devuelvo.
- ¡NO! ¿Porqué?
- Yo no te he hecho ningún regalo.
- Sí que lo has hecho. Hacerme la persona más feliz. Tengo que colgarte, lo siento.
- De acuerdo.
- Suerte en lo de mañana... Te quiero mucho.
- Gracias, yo también te quiero, y ¡mírame en el instituto eh!
- Tranquilo, que lo haré. Me debes un abrazo enano.
- Y tú a mí.
O eso pienso yo al menos.


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