La diferencia entre aquello que queremos hacer y aquello que debemos hacer, reside en la esperanza. La verdadera razón por la que nos sentimos agobiados, entristecidos o desgraciados, la constituye todas y cada una de las veces en las que la esperanza y la voluntad se quedan atrás, y lo que debemos hacer traza una delgada línea sobre lo que queremos llevar a cabo. La infelicidad nos llega, y el mundo se nos hace pequeño. Vivimos para cumplir la voluntad de los demás
Aquello debió sentir mi abuelo cuando dejó de respirar. Yo estaba totalmente seguro. Cuando llegué a casa de tía Fátima, el aire se colaba por cada resquicio, por cada hueco. El tono que generalmente predominaba en la casa, un amarillo canario, fruto de el color de las paredes y las luces de las lamparas de araña del salón, se había convertido en un ocre apagado, un rojo cobrizo en las zonas donde el pastel del rosa vivió antaño. La humedad había hecho de las suyas, y el sol ya no iluminaba los dormitorios. Los cactus de la entrada amenazaban con desaparecer, enfermos y negros, y las piedras del porche yacían inertes y musgosas, cuando tantos saltos de niños habían disfrutado en otros tiempos...
El cielo era gris, el frio había dominado el salón, y el fuego ya no calentaba. Mi madre avanzaba delante de mí, elegante como siempre. El ambiente era tenso, recargado; la presencia de la muerte y un espíritu rondaban alrededor de la chimenea. Fátima con tristeza, observaba fotos de la comunión de Marina, su hija. Mi abuelo ocupaba un tercio de todas las fotos de los estantes. Al fin y al cabo, había vivido ahí. Su ausencia era notable, incluso cuando el resto de mundo parecía seguir su rumbo, impasible, ajeno a la pérdida de cualquier ser querido. Me senté en el sillón que él mismo solía ocupar y al hacerlo, supe que el frío no era causa de que mi abuelo siguiese allí, sino de que ya se hubiese ido.
El entierro fue austero. No mucha gente se atrevió a acercarse a la inhumación de aquel viejo olvidado. Pero yo me acordaba de él, y lo hacía con mucho cariño. Pero eso no era suficiente. A toda mi historia veraniega y mi roto corazón, se le sumaba la pérdida de ese gran conocido que la edad y la enfermedad se habían empeñado en arrebatarnos. Sí, tal vez debiera olvidarme de ella. Todo lo que estaba ocurriendo me superaba, y quizá ella debía ocupar un segundo plano de ahora en adelante. Mi vida no podía estar motivada por el deseo de un amor imposible...
Sí, sin duda el cielo estaba demasiado gris.
Mi hermana yacía inmóvil en la cama. Entre sus brazos, un bulto envuelto en una mantita se removía dentro de su pequeña jaula de lana. Pero no hacía ruido alguno. Ambos estaban dormidos.
Mi madre, emocionada, miraba desde el ventanal que daba a la puerta. Pensé en cojer el teléfono. Llamarlo, contarle mi buena noticia, después de casi dos meses sin atreverme a marcar su número. Pero deseaba hacerlo, y pronto. Era tal la satisfacción que me llegó al ver la cara de la criatura... Mi sobrino tenía los ojos verdes. Igual de verdes que los tenía él.




