Las rutinas del otoño llegaron como una bofetada. El fin de todo un sueño de verano se deshacía ahora entre los charcos que se extendían a lo largo de la avenida. Había dejado de llover hacía más de dos horas, pero en las aceras y sobre los canales, ríos acaudalados de agua turbia arrastraban la hojarasca y atascaban las alcantarillas, llevándose consigo raudales de recuerdos estivales, ilusiones y granitos de arena de la costa del Sol. Regresaba a Madrid, como cada año. Los edificios silbaban a los lados del coche y se confundían como borrones con las nubes de media tarde. Oscurecía. Los días se acortaban y cada vez era menos el tiempo que podría invertir en acordarme de sus ojos. Él, era él y su divina prepotencia. Le tachaban de egocéntrico, pero simplemente estaba orgulloso de lo que podía presumir, de aquello que hacía bien. Lo apreciaba tanto… No sería el mejor, pero sí, para mí era perfecto. Quizás por esto tuviésemos el destino de estar separados por cuatrocientos kilómetros.
“Me olvidarás” había dicho. No; prometí en silencio no hacerlo la primera vez que nos cruzamos, en aquel momento en que, rodeados de tanta gente y en aquel ambiente recalentado por el alcohol y el exceso, me miró y le miré, y me apartó con cuidado para acercarse a la barra del chiringuito… El roce, sus manos calientes, el esmero y la dedicación del simple gesto de trasladarme unos pasos más allá se me quedaron marcados a fuego para siempre. De no haber sido por el bochorno y el mal olor, jamás hubiera limpiado la zona donde el posó, cuidadoso, sus dedos de artista.
Aquello no tenía nombre. Vivir mi propio infierno. Sufrir mi propio fin. Había pasado tan poco tiempo… Y yo ya había traicionado su confianza… Pero, ¿la había? Ya no volvería a verla. Aún así, acabé sintiéndome como un trapo. Me quejé, pataleé y reconozco hasta haber llorado. Pero la frustración no tenía límites. Elegir entre esperar algo que no llegará, o lanzarse a la aventura. Mi ya de por sí bajo ego, supo asestarse en última instancia una puñalada suicida. Todo lo que hubiera soñado, sí… pero hubiera sido mejor en otro momento. Ahora todo eso solía reducirse a ella: la persona más maravillosa que había conocido. Algo imposible. Y todo el tiempo y el cariño invertido en otros labios, no sería más que un falso gozo, segundos burlados y en la basura, horas al fondo de un pozo. Todo obviedad, todo rutina. Sin satisfacción, sin lujuria, sin amor.
Pero nada crece como el pesimismo acumulado, y esa tarde sólo podía pensar en aquello que antes insuflaba aire a mis pulmones y fuego a mi corazón, y ahora más me dolía que quemarme en una hoguera. Amor… estúpida fábrica de corazones rotos... ¿Por qué reclutas entre tus filas de comandantes a la distancia? ¿Por qué permites la lucha entre el tiempo, el lugar, la luna, la arena, las olas y el mar? Qué injusta es esta situación. Y qué poético me pongo cuando sufro. Que idiota soy a veces…
“Te olvidaré” le había dicho. Inconsecuente con mis propias palabras: la repercusión era obvia: nunca saldría de esta caja asfixiante de recuerdos… Y a pesar de estar yo pensando en todo, a pesar de haberme arrepentido mil veces de mis actos más recientes, ella estaría feliz, en su Madrid querido… Puff. Suspiré. Bajé la persiana y encendí la luz. El repiqueteo de las gotas sobre el exterior me puso aún más nervioso. A lo lejos pude escuchar incluso el mar embravecido en la costa en fiestas de Suances. Me marché al salón y me escondí bajo una manta. Quizás la situación no fuera tan grave. Tal vez ese domingo estaba demasiado sensible. Tal vez me levanté con el pie izquierdo.
Pero todo eso acabó, y en su lugar quedaban ahora los tenues secretos que el mar nos guardó, como inmóvil testigo de aquellos gestos en la playa, de aquel amor de verano. Confío sin duda en volverlo a encontrar, y que vuelva a besarme. Confío en ello. Pero hoy por hoy, octubre llega con inusitada fuerza. Jamás había visto diluviar con tanta fuerza. Ni fuera ni dentro de mí.



1 susurro(s)...:
=)
creo qe fui de las primeras en leer esto...
:D
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