"Existen derrotas, pero nadie está a salvo de ellas. Por eso es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando."
Paulo Coelho

11 de octubre de 2010

El sepulcro

     Grises intervalos de nubes borrascosas arrancaban al sol sus últimos rayos del día.   Jirones negros y oscuros de neblina crepuscular ocultaban el final de la calle Severo Leandro. Pequeños copos de nieve, confusos quizá entre cientos de gotitas de agua en suspensión y la escasa luz que aportaban los faroles de la acera, otorgaban al panorama cierta sensación de difuminado en acuarela sobre el inmenso lienzo de la ciudad de Londres.

     Un cercano reloj de campanario tocó las seis de la tarde cuando el lúgubre desfile del entierro cruzaba la calzada en dirección al cementerio de St. Michel, seguido por un tumulto de chiquillos y curiosos ajenos a la oscura marcha. Decenas de sombras caminaban tras el carro fúnebre del fallecido, arrastrando los pies y con paso lento y calmado. Todos de negro. Todos protegidos de la llovizna con paraguas endrinos y todos con mirada gacha y gesto sombrío.

     Entre todas ellas, una sombra, una aparición eremita vagaba, como aislada de las demás, pero integrada en el ambiente, en busca de alguna señal, una respuesta. Nadie la miraba. Nadie la prestaba atención alguna. No sabía del verdadero motivo de asistenta a aquella inhumación desconocida. No encontraba relación hacia la persona del carro. Aquel perdido, era yo.

     A lo lejos, fuera ya de los límites de la ciudad, St. Michel se alzaba sobre un pequeño montículo y descendía tras él, alargándose en la oscuridad reinante hasta media milla más allá.

     La multitud avanzaba lentamente y serpenteaba por la calle Potts, como si de estrechos regueros de agua se tratara, calculando cada paso, controlando la velocidad al ritmo de los tímidos redobles de un tambor funerario. El mismo que guiaba los pasos del muerto hacia territorios desconocidos, hacia la barca de Caronte.

     Mientras, yo, deambulaba de un lado a otro. Algo que se me escapaba me obligaba a dejarme llevar por la corriente del gentío. Algo insistía en la parte posterior de mi cabeza que mi lugar era aquel, en medio de la muerte ajena.


     De pronto, me apiadé del fallecido, temiendo por su paso a la otra vida, preocupándome por primera vez por su anterior vida, preguntándome por su rostro. A mi derecha, una mujer sollozaba abundantemente y con grandes aspavientos, se golpeaba el pecho. Debió ser alguien importante este individuo fallecido.

     En poco tiempo, o mucho, no sé, pues no llevaba reloj ni los segundos me importaban realmente, la comitiva se vio dentro del cementerio. Tras un breve sermón del sacerdote, y como si las nubes hubieran esperado hasta entonces para descargar su furia sobre los asistentes, la lluvia arreció, y dos palabras de despedida bastaron para la introducción del féretro en el nicho. La multitud se dispersó y tan sólo dos paraguas quedaron dentro del recinto santo: la mujer dolorida, y una chica de no más de veinte años con un bebé en los brazos. Entonces pude acercarme con lentitud hacia la lápida, y, ante la indiferencia de los familiares, inclinarme para leer el nombre que en ella estaba escrito.

     El agua chorreó por mi cara como si fuera una cascada de agua límpida, las manos comenzaron a temblarme y me arrodillé sobre el barro recién removido con lágrimas borbotando de los ojos al descubrir la identidad del difunto: Allan Sinclair.

     Mi nombre. Mi propio nombre.

1 susurro(s)...:

tamariru dijo...

Interesante comienzo para tu gran historia... ahora tiene algo más de sentido el "papel morado" :D

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