"Existen derrotas, pero nadie está a salvo de ellas. Por eso es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando."
Paulo Coelho

4 de enero de 2012

Madrugada

       - ¿Eres insomne, desocupada o simplemente tienes un buen despertar?
       - Tengo un poco de las tres cosas. La tercera opción es de lo que más carezco. – Observó, con un ademán pícaro – No te gustaría comprobarlo, créeme.

     Anonadado, contemplé su gesto, de lejos. Su postura grácil y su cara de niña. Mantenía las manos muy juntas, como si hubiese algo entre ellas que pudiera esfumarse en cualquier momento. Tenía frío. Y temblaban sus hombros bajo una fina chaqueta de punto negra. Quise decirle que se acercase, que se refugiase bajo mi chaquetón, que yo la calentaría… Pero no pude. No la conocía en absoluto. Pero esos grandes ojos inspiraban confianza. Toda la del mundo si fuese necesario. Tanto amor y ternura había en aquella mirada de mujer capaz e independiente, tanta frustración, que hubiese dado cualquier cosa por darle calor todas las noches de mi vida.

       - O sea, que te pasas las noches vagando por un parque, a oscuras, siendo perseguida por cualquier criatura oscura de la noche – profirió un sonido parecido a una sonrisa frustrada –y por la mañana no hay quien te levante, ¿no?
       - Qué va. Mañana mi madre tendrá que echarme agua para levantarme; soy muy perezosa.

          Volví a mirarla, más profundamente que antes. Los pechos reposaban sobre sus brazos y su postura variaba continuamente, removiéndose a un lado y a otro. De vez en cuando algún espasmo sacudía sus piernas, desnudas hasta algo más arriba de las rodillas, donde empezaba un vestido azul marino rematado en un cordón blanco, tanto en la falda como en el escote.
          El pelo moreno le ondeaba rebelde alrededor de las mejillas redondas, y sus ojos oscuros, marrones, negros y a veces color chocolate, casi ocre, cuando le daba la luz del sol de frente, contemplaban todo el parque, sin fijarse en nada en especial. Una mirada dura y amarga, pero a la vez tierna. Como explicar su postura, tan intimidante, pero tan perfecta… Preciosa. Sólo eso.

          Cada palabra que pronunciaba, parecían casi susurros, frases que invitaban en un sutil tono, a acercarse y susurrar con ella, en su tono íntimo. Atraían como imanes irresistibles. Como caricias en los oídos, tentaban a soñar, con los ojos abiertos y la mente en blanco.

          Y entonces sonrió por primera vez. Muy despacio al principio, como si no quisiera hacerlo. Y me juré a mí mismo velar porque no se apagasen nunca aquellos rasgos de su cara de niña. Me juré dar todo a cambio de lo mínimo por cada palabra y cada susurro. Juré entregarle todo aquello que pudiese abarcar con los brazos y capturar cada momento para guardarlo después en un cajón apartado de mi memoria. Pero sobre todo, juré amarla; amarla como nadie lo había hecho.



2 de enero de 2012

Depredador

        No era la primera vez que observaba al forastero cazador. Su táctica era eficaz y sus utensilios, mañosamente labrados, perfeccionaban su técnica, convirtiéndose en simples apéndices de su silueta. Mantenía la mirada fija, constante, mientras el cuerpo adoptaba una postura felina, en un sigiloso y hábil movimiento. Los brazos colgaban relajados a ambos lados de su torso, mientras el arco se balanceaba tenuemente entre sus manos, esperando la ocasión más oportuna. Su respiración era entrecortada, casi inexistente, y su pecho sólo se movía lo justo para no llamar la atención entre el denso ramaje. De todos los dones que Maa había otorgado al hombre, la paciencia era el más importante para un cazador. La capacidad de percibir el más mínimo cambio en un ambiente marcado por la tensión, el sigilo y la quietud de la contemplación, y la ejecución de un plan infalible, en el momento indicado. La paciencia otorgaba una victoria segura. Pero ya no quedan cazadores así. Los años han pasado factura a las viejas costumbres.

          Como un lobo, el depredador se deslizó suavemente entre el follaje en un gesto imperceptible para ojos inexpertos. La luna bañó por completo su rostro salvaje y moreno, y sus ojos no expresaban ni ansiedad, ni temor, ni preocupación, ni nada. Sólo una profunda concentración. Sin sentimiento ni culpa. Había nacido para cazar, para ser un urwav. Y moriría cazando si la ocasión lo requería. Cuando las ramas dejaron suficiente espacio libre a su alrededor, alzó los brazos y cargó una afilada flecha en el arco, calculando cada movimiento para no alertar a la huidiza criatura. Tensó levemente el cordón y apuntó con un solo movimiento al costado de aquel ansiado ciervo, perseguido durante días por bandos de jóvenes cazadores y trayendo quebraderos de cabeza a los sabios de nuestra Samya, nuestra familia. Sutilmente, me dirigió una mirada de advertencia. Cargué yo también mi arma con un proyectil impregnado en cicuta, y me preparé para el ataque inminente, agachándome hasta ocupar poco más que la mitad de mi altura. Esperé una mínima señal para pasar a la acción, pero a veces, aguardar a la ocasión acertada no era lo más correcto. Cuando acordabas a despertar del sopor que provoca el instinto de supervivencia, el animal ya era consciente de tu presencia. Y aquel día, con el forastero o sin él, no iba a ser de otra manera.

          Muy lentamente, el animal alzó la cabeza, observando a su alrededor dentro del claro donde pastaba, dirigiendo miradas discretas a los matorrales y el bosque bajo cercano. Aún sin atemorizarse. Casi pude percibir los rápidos latidos que bombeaba aquel poderoso corazón. De pronto, un crujido quebró el ambiente, seguido por un silencio absoluto en todo el lugar. Y entonces, el ciervo alzó hacia el cielo despejado la cornamenta, y expulsó un fuerte resoplido que se hizo visible en el ambiente frío y húmedo. Esa, era la señal divina: nos había descubierto. En un momento, que se hizo eterno, el cazador forastero aflojó su arco y observó la escena, mientras el ciervo se replegaba sobre sus patas traseras para después saltar y desaparecer a través de la espesura del bosque. Disparó, primero una y luego otra vez.

            Instintivamente certero.

20 de octubre de 2011

Adjetivos

Invertebrado. Como una mariposa.
                                       Inapelable. Como una conclusión.
                                                                      Indestructible. Como la materia.
                                                                                         Indiscutible. Como una decisión.
                                                             Indiferente. Como yo mismo.
                                                Yermo, frío.
                                     Inerte.
                                                                                        
                                Muerto.
                                
                                       Bello.

                                                Nimio.

                                       Dulce.

                Definitivo.
Amor.

19 de octubre de 2011

¿Ley electoral?

Así serían los resultados electorales si todos los votos valiesen lo mismo:


































Visto en: http://es.noticias.yahoo.com/el-resultado-de-las-elecciones-m%C3%A1s-justo.html

5 de octubre de 2011

Conferencia con los muertos



Todo el bosque zozobraba ante lo majestuoso del momento. Los árboles parecían vibrar a cada paso, a cada luz que se alzaba, imponente sobre nuestras cabezas. Los matorrales, arbustos y jazmines que rodeaban el camposanto crujían y silbaban con el viento del norte y la brisa que causaba el fenómeno. La naturaleza se inquietaba, retorcía. La naturaleza se maravillaba con cada nueva ascensión. Hacía volar luciérnagas y pequeñas aves, que se desdibujaban en contorno con toda la hojarasca que revoloteaba violenta entre las luces que iluminaban todo en una armonía de colores, blancos, azules y violetas. Cada rincón se llenaba de vida. Una gran paradoja.

Todas las almas en pena cruzaban el riachuelo y ascendían colina arriba, hacia los límites del cementerio. Hordas de personas, de las más variopintas épocas y estilos, andaban con paso firme hacia su liberación. Los “aparecidos” los llamaban. Fantasmas de otro tiempo que cumplían con largas condenas de culpa y asuntos que no pudieron resolver en vida. Todo lo que dejaron atrás les golpea en la muerte, impidiéndoles avanzar hacia adelante. Todos ellos, volvieron a materializarse para ajustar cuentas, saldar deudas y pedir perdón una vez más, y ahora caminan de nuevo a lo desconocido, confiados tal vez de tomar un navío a buen puerto de una maldita vez.

Adam colgaba de mi mano derecha, y la apretaba con fuerza, asustado. Luchaba contra su instinto, deseando volar libre, pero sin querer despegar los pies de aquella tierra que tiempo atrás no consiguió abandonar del todo. Sonreí, y me miró. Y en sus ojos vi todo por lo que había luchado en mi vida. En el estaban mis esperanzas. Por primera vez, yo había tenido la razón. Y me lo agradecerían siempre. Agradecimiento, eso ví también en esos iris grises. Un agradecimiento inmenso. Y sonrió él también.

Lentamente, me soltó la mano y dio un paso minúsculo. Suspiraba con agitación, respirando la fresca brisa que arrastraba aromas lejanos de azahar y rosas silvestres. Con disimulo dio otro paso; y otro más, y en menos de un segundo ya corría colina arriba. Al llegar a la linde del bosque se reunió con otros niños, igual que él, llenos de gozo y esperanza. Atravesaron instantes después los límites del cementerio todos a la vez. Excepto él.

Volvió lentamente el rostro y me miró una última vez. Una mirada intensísima que jamás olvidaré. Una mirada que me devolvió la vida una vez más. Se les había dado otra oportunidad para resolver sus asuntos. Y él lo había hecho. Un hermano pequeño. Esa mirada enternecida, sí. Así era su mirada.

Alzó una mano y entró dentro del círculo de la ascensión. Las columnas entre la hiedra susurraban palabras de aliento a las almas condenadas que se liberaban por fín. Adam entró y despacio, su cuerpecito se elevó y se contorsionó, creando un aura especial, un brillo que palpitaba dentro de él y se apoderaba de todo su contorno, que se desdibujaba rápido con el ambiente, luchando por librarse de su cárcel de carne. De sus manos pendían hilos invisibles con una luz intensísima. Pequeños chisporreteos de luz hacían que todo su alrededor vibrase con cada latido. Abrió mucho los ojos y se le iluminaron como dos velas de luz potente, dos fuegos fatuos, que desprendían una confianza absoluta, plena. Volaba, así, entre el resto de cuerpos flotantes, y tras un último hálito de fuerza, su cuerpo, varios metros ya por encima del suelo, se esfumó entre torbellinos de luz intensa y chispas de colores fríos.

Su alma volaba, libre, hacia un lugar desconocido. Olvidando todo lo que dejaba atrás, mirando sólo hacia adelante. Todo se hacía más nítido y lúcido, porque formaría parte de cada minúscula pieza que compone este gran universo. En un estado que pocos alcanzan, y que aquella noche pudieron sentir miles de personas. Es ese estado de paz. De absoluta y completa paz.


Un día y una noche duró el ascenso. Y después, el mundo recobró sentido, y todas las personas afectadas por la inverosímil aparición, retomaron sus vidas como si todo no hubiese sido más que un sueño.

Un día y una noche.

2 de septiembre de 2011

Gris y frío

No hay nadie en la calle. Nadie en los bares. Todos ausentes. Nadie cerca, nadie lejos. La visión del espacio y el tiempo, la tercera y la cuarta dimensión se distorsionan, retorciéndose ante mis atónitos ojos. Nadie. Nadie más a quien llamar, nadie a quien acudir, nadie a quien animar. Porque el frío los ha recogido a todos, asustado, magullado. Todo el mundo se esconde en su madriguera. Tantas vidas separadas. Tantas luces que ya quedan apagadas. Fiesta, jolgorio, alborozo, diversión, agua, calor y noches eternas. Amores de verano, encuentros casuales, vacaciones con amigos. Todo ello ahora, gris y frío. Muy muy frío.



Así es siempre el otoño.


Y así ha venido este año.


Gris y frío.





20 de agosto de 2011

Sombra

Y mientras su cuerpo caminaba hacia lo desconocido, su alma se quedó aquí, con su amor, su vida y sus sueños.
Suspendida en el aire, tenue y pequeña.
Muy, muy pequeña.


5 de agosto de 2011

Frágil



Despierto, pero no estoy despierto. Solo sueño en vigilia contigo. Pero no quiero hacerlo, ya lo sabes. Es tan grande este pesar que llevo conmigo... No quiero hacerlo, no. No quiero darme de bruces de nuevo, créeme. Pero no soy capaz de soportarlo. No puedo olvidarte, ni siquiera ahora, que ya no me duele pensar en otra cosa que no sea tú.

Es todo tan frágil… Me da la sensación como todas las veces, de que todo tiende a caerse al suelo, estallar, y romperse en cientos de fragmentos, pequeños momentos que una vez creí que significaban algo. Y aunque en realidad no sé nada de esas muestras, me convenzo una y otra vez para acabar con todo indicio que me hiciese pensar otra cosa que no fuese una negativa dolorosa. Tantos frágiles recuerdos se acumulan en mi frágil mente, que frágilmente pienso que no es nada más que una frágil y tierna ilusión, algo que, desde el principio, y para qué engañarse, yo ya sabía. No, no soy partidario del derrotismo, pero esta vez sí. Esta vez me rindo.

Me rindo porque no soy capaz de hablarte directamente a la cara, y decírtelo de una maldita vez. No me atrevo. Me siento pequeño. Me hundo. Muero. Tengo la constante sensación de quiebra. Tan grande el abismo… Tantas veces lo he creído y cuantas más pensaré en ello sin tener razón ninguna de ser. Porque tú…

Tú no entiendes nada, no sientes nada, no sabes nada. Y ese es el principal problema. Que no sabes nada. Me gustaría que me escucharas, un día, en el que en vez de decir “no sé si lo que haces es a propósito, pero me estoy enamorando de ti, sin querer, muy poco a poco”, pudiese decir un “te quiero” con toda seguridad. Imagino ese día, y todo lo que pudiese venir después. Alborozo, felicidad, complicidad, miles de pequeños momentos, fragmentos que se recompondrán una vez finalice mi condena. O tal vez no. Tal vez solo de lugar al llanto, a la soledad, al miedo de no poder volverte a ver. De que no me mires a los ojos, que no me sonrías, que me mires como a un extraño. Porque es lo que soy. Un extraño que en silencio te adora, como a una princesa. Tantos cambios nos esperan, que aún me tengo que convencer que jamás tendré la posibilidad de hacerlo, de decirte de una vez por todas que te quiero.

Y sé que ese momento no llegará nunca. Lo presiento. Y por eso, soy un idiota. Al fin y al cabo, ¿quién iba a echar de menos algo que nunca existió?

Sólo yo.

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